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El franquismo destruyó la modernización de la escuela diseñada por la República. Primero. depuró a los docentes (pérdida de empleo o sueldo, traslados…) y con ello, los sometió a través del miedo a los que no se habían visto afectados. De los seis maestros de Montserrat, tres fueron depurados. Incluso, se les prohibió las clases particulares, único sustento hasta que concluía el expediente de depuración. Segundo, a través del curriculum, diseñó una educación sustentada en principios fascistas de Falange y nacionalcatólicos de la Iglesia. El resultado fue una escuela que adoctrinaba en los principios del patriarcado, del ultranacionalismo español, en el respeto a las jerarquías y al orden establecido y en la marginación cultural. De hecho, hasta se pretendía que se hablase castellano en el recreo. A veces, con un magisterio escasamente formado. Un ejemplo, en 1951, cuando los maestros locales consiguieron que la biblioteca no prestase revistas a los niños ya que les distraía de los ejercicios y lecciones escolares. Y siempre hambrientos, sobreviviendo gracias a la ayuda de las familias.
Aunque continuó funcionando la escuela nocturna, los datos de analfabetismo en 1951 todavía contabilizaban 229 analfabetos, un 10,5% de la población. En 1968 se señalaban los principales problemas educativos locales: “Edificio escolar deficiente, faltas de asistencia a clase de algunos alumnos y no existir en la localidad Centros de Enseñanza Profesional o Técnica de Grado Medio». El absentismo respondía, sobre todo, a las necesidades económicas familiares con niños labrando con apenas once años, haciendo cola en el racionamiento, escapándose de la escuela para matar pájaros… Hasta 1974 no se inauguró el nuevo edificio escolar respondiendo a la política franquista de los sesenta que buscaba un nuevo consenso atrayendo a las clases medias a través de un incremento de las oportunidades laborales que comportaba la educación, junto a las necesidades de mano de obra cualificada.
La cultura estuvo controlada férreamente a través de la censura político-moral y de los discursos públicos. Un ejemplo es la reclamación al bibliotecario Miguel Bosch desde el arzobispado y transmitida por el Ministerio de Educación Nacional sobre la presencia de libros de Pío Baroja, Blasco Ibáñez y Valle Inclán en la biblioteca municipal, reclamando que no se le permitiría leer a jóvenes. De hecho, Miguel Bosch llegó a principios de los cincuenta a ser investigado por la temida Brigada Político-Social.
La cultura popular se refugió en el teatro aficionado o en el cine, la gran pasión de estas décadas. Sus salas permitían alejarse de la realidad, especialmente en los años 40 y 50. Pero, especialmente la cultura transitó alrededor de la Unión Musical, con su nuevo edificio y su gran Teatro-Cine Musical (1950-1951) y el cine Monserrat.
Desde la segunda mitad de los sesenta se abrieron semiclandestinamente nuevos caminos que suponían una ruptura con la cultura oficial franquista. La nueva música pop (ye-yé en España) era la expresión de la juventud. La llegada en 1969 de un nuevo párroco, Paco Muñoz, un paradigma de los sacerdotes posconciliares, atrajo nuevas iniciativas culturales: la Escolanía, la promoción del asociacionismo cultural y juvenil (Scouts) o el Club Juvenil. Hasta consiguió, no sin problemas, que Raimon cantara en 1972 en el Musical. La sociedad iba emergiendo del “silenci extens” del franquismo. Así, el Libro de Fiestas de 1975 introdujo una poesía en valenciano…